martes, 12 de enero de 2010

Ataque y Contraataque

El Cabanyal ha resistido los últimos diez años en los tribunales todas las embestidas del Ayuntamiento de Valencia e incluso ha acatado con resignación fallos tan polémicos como el dictado por el politizado Tribunal Superior de Justicia de Valencia tras las elecciones autonómicas de 2007. En aquella ocasión, De la Rua esperó a contar el número de votos favorables al PP antes de tomar una decisión y no se precipitó de forma imprudente como ocurrió con el asunto de los trajes.
En estos años ha habido aspavientos de resistencia activa contra las máquinas de demolición que se han saldado en tristes escenas de derrota. Estos pírricos comportamientos antisistema sirvieron para alentar el desánimo, ya que el sistema suele aplastar a los anticuerpos que desean hacerle cosquillas.
No obstante, la trama ha dado un giro inesperado en el argumento. El Ministerio de Cultura, en virtud de una Sentencia del Tribunal Supremo, considera que el El Cabanyal reúne un conjunto arquitectónico que debe ser preservado. Como es lógico, esto no es ninguna novedad, porque el barrio conforma un Bien de Interés Cultural; es decir, forma parte del patrimonio protegido por las leyes de la Generalitat Valenciana. No alcanza a ser Patrimonio Nacional; pero sí es autonómico.
Sin embargo, la Generalitat Valenciana, paradójicamente, decidió destruir en vez de preservar como era su obligación y se embarcó en un proceso de reordenación urbanística que, además de un obsceno pelotazo, era un palmario fraude de Ley, al promover acciones administrativas que violentaban las propias leyes y resoluciones emanadas de la Generalitat Valenciana. Después de diez años, este sinsentido se ha mostrado como el callejón sin salida que era desde sus inicios y Camps se ha lanzado a tomar la única medida que podía tomar sí quería demoler el Cabanyal: quitarle su rango de BIC.
Esto implica que, a día de hoy, empieza una ofensiva político-legal que violenta el espíritu de las leyes al igual que hizo el anterior plan urbanístico, pero que al concentrarse espacial y temporalmente se hace más descaradamente visible. Antes las sinuosidades judiciales hacían que el tema no tuviera tanto interés y se escondiese bajo el manto de la falsa quietud. Ahora suenen tambores de guerra.
Hemos llegado a la escena final de las películas, la batalla definitiva. Los malos van a lanzar su último ataque contra la fortaleza donde los buenos y el bien se refugian. Los malos piensan emplear toda su artillería y acabaran con todo, Constitución por medio sí hace falta, para cometer su ansiado robo.
Es el momento de poner música épica de fondo (Zimmerman mejor que Carl Orff), rememorar si se quiere Espartaco, Braveheart, Gladiator, el Señor de los anillos… y agolparse en el barrio para detener las máquinas. Tenemos razón, la ley nos ampara y nuestros enemigos son tiranos que corrompen la ley en su beneficio propio. Ellos atacarán con fuerza, resistiremos e iniciaremos el contraataque.
Esta debe ser la película mental que debemos montarnos en nuestras cabezas sí queremos echarlos del poder. Si no nos creemos esta película, no creeremos nunca que podemos con ellos. Hay que salir al campo a ganar y en el Cabanyal se ganará la primera batalla. Es más, para dar más dramatismo al asunto estaría bien que la Policía Nacional mandada por el Gobernador Civil irrumpiese en escena como caballería salvadora y detuviese las excavadoras.

Postdata: El guión de esta película está escrito, al final los inspectores contra el blanqueo de capitales entran en el domicilio del amante de Camps, esposan al muy honorable en boxers con estampado de conejitos y se lo llevan detenido. Lamentablemente, Zaplana, como el malo canalla, descreido y cínico que es, se escapa por los pelos gracias a su descaro.

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